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Intelectualizar la fe

Una de mis mayores preocupaciones como cristiano ha sido la de poder dar razón de aquello en lo que creo, es decir, ser capaz de dialogar, razonar, ponerme en el lugar de otros para explicar aquello en lo que creo.

Para dar razón, para razonar con otros es necesario dialogar. Ser creyente y dialogar con quien no cree puede verse como algo duro, bajar al terreno de las preguntas del que duda, peor aún… puede ser muy duro, o muy gratificante. Yo siempre lo he visto de esta segunda manera, como una oportunidad personal de plantearme, de interrogarme a partir de las ideas del otro. En mi Iglesia me he encontrado más a menudo con la segunda opción, ¡qué difícil es dialogar! y no me refiero ya al diálogo con quien no cree, sino a la simple exposición de ideas, de costumbres, de práctica cristiana… a veces podemos llegar a descubrir ¡que no tenemos razones! Trabajaré por conseguir una Iglesia que quiera dar razón de lo que cree, y por lo tanto tenga que dialogar.

Y es necesario “razonar”, pero puede ocurrir lo contrario, llegar a intelectualizar la fe. Quizá mi blog peque un poco en este aspecto. Estaba pensando hoy, que necesito profundizar un poco es esa parte de “vivencia”, ahora necesito enceder más luces, mirar la realidad transfigurada ¿raro eh? En resumen, centrarme un poco más en algo que por mucho intelectualizar, dejan atrás las religiones de hoy, la espiritualidad.

Expresar la fe. Vivir la fe

En una conversación con compañeros de trabajo hablábamos sobre la práctica religiosa; las bendiciones de la mesa, la abstinencia de comer carne… Estábamos comiendo en la convención de empresa, un viernes de cuaresma, un menú bastante carnívoro… En mi casa sí bendecimos la mesa antes de comer, aunque antes de casarnos ni Amparo, ni tampoco yo, lo hacíamos, pero por el contrario, lo que hemos ido perdiendo poco a poco es la abstienencia ritual de la cuaresma.

Es cierto que este tipo de práctica religiosas (bendición de la mesa, por ejemplo) les sonaba a todos como algo de un pasado lejano. Yo dudo que la costumbre se mantenga, al menos en España, más allá de familias asociadas a grupos muy ultra religiosos.

Creo que detrás de este punto hay una reflexión interesante sobre el tipo de fe quiero vivir, porque yo tengo claro que una fe siempre tiene una visión externa. Algo parecido a “dime cómo vives y te diré en qué crees”

¿Cómo quiero que sea la expresión de mi fe? ¿Quiero un espiritualidad enteramente “encerrada en mi habitación” (Mt 6:5). “adorando a Dios en espíritu y en verdad” (Jn 4,23-24)? O quiero tener una práctica mucho más visible, de acciones concretas y programadas. (No recuerdo ninguna frase del evangelio que anime esta segunda opción salvo “haced esto en memoria mía” Lc 22, 19, pero no me encaja bien en lo que quiero decir) Más bien, Jesús, parece ser del grupo que olvidaba lavarse las manos y hacer ayuno y que hubiera olvidado cuando tocaba la abstinencia del viernes de cuaresma. Luego están nuestras debilidades que nos obligan a crear una religión bien estructurada.

No estoy diciendo que considere equivocadas estas prácticas, al contrario, pienso que las acciones ayudan a interiorizar y a cultivar la espiritualidad. Pienso en la Iglesia, con su liturgia de las horas, su ángelus en el medio día, los viernes del año en especial los de cuaresma… y así miles… Puedo encontrar cierta utilidad algunas de estas actividades, otro tipo de prácticas (humillaciones corporales, por ejemplo) las declararías cláramente contrarias al Evangelio.

Por cierto, no quiero desaprovechar la ocasión para comentar la curiosa situación de una cena de despedida de solteros donde todos los (muchos) hermanos de la novia son (muy) de práctica católica, a cenar un viernes de cuaresma a un restaurante mejicano, quizá hubiera sido mejor ir a un vegetariano. Esta situación me lleva a pensar en S. Pablo recomendando a las nuevas comunidades de cristianos formadas por paganos, que evitaran comportamientos que puedieran escandalizar a sus compañeros provenientes del judaismo