Gente maja
Yendo en tranvía desde el trabajo a casa (o al revés, no recuerdo), sin pretenderlo escuché una conversación entre dos chicas que me llamó la atención. Una de ellas le contaba a su compañera uno de los recuerdos que guardaba de su abuelo (que según contaba eran pocos.)
Me llamó la atención por lo que compartían, y porque por su forma de hablar se veía que era gente maja, claramente transmitían mucha confianza. Todo lo contrario, un día repasaba con una amiga las extrañas conversaciones con familiares o conocidos en las que no sabemos qué decir, generalmente ante preguntas cuyas respuestas no quieren escuchar. Yo soy de esas personas que no saben dar respuestas típicas a las preguntas típicas, si me dicen ¿cómo va el trabajo? o lo cuento o me callo, pero no me sale normal una frase de respuesta típica.
Nuestras relaciones cotidianas pueden estar construidas en base a un montón de tópicos o bien cultivar la confianza y naturalidad. Lo escribo porque soy el primero que debo esforzarme, y porque veo la necesidad de hacer un ejercicio continuo para evitar la superficialidad. Con esto no me refiero a mostrar nuestra intimidad a todo el que se cruce con nosotros.
Todos tenemos una esfera personal, por llamar de alguna forma aquello que conforma nuestra intimidad, aquello que nos guardamos. Esta esfera puede ser más permeable para nuestra pareja, personas de confianza, pero también puede ocurrir que todo lo metamos ahí, y que crezca, que la llenemos de sentimientos, experiencias, comentarios… que sería mejor compartir con otros.
Es fundamental cultivar la confianza en nuestras relaciones al nivel adecuado, esta facultad de dejar entrar a otros en lo que nos pasa, en lo que vivimos (y sin renunciar a nuestra intimidad), es lo que puede convertirnos en gente maja que inspira confianza. Una nueva sociedad debe comenzar con unas nuevas relaciones más humanas. Este es mi granito de arena para ello.
Pensando en lo primero que contaba, en medio de muchos recuerdos, porque los he conocido hasta mayor, se me vino a la cabeza un recuerdo de mi abuelo que ha quedado como muy bonito. En nochevieja, cuando era pequeño, yo me quedaba en casa de mis abuelos, mi abuela sí se quedaba a las campanadas, pero mi abuelo no, así que yo me dormía en su cama mientras contábamos en valenciano. (¿Cuánto se parecerá este recuerdo a la realidad?) De mi otro abuelo de los mejores recuerdos es lo que se emocionaba ante los progresos y avances en los estudios de sus nietos.
En resumen, en cualquier entorno vale la pena cultivar y hacer crecer un poco de amor.