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Crecer por dentro

Estoy de vacaciones de verano, durante estos días todo se ha calmado, de alguna forma se ha frenado ese “sin parar” diario.

Mi lucha diaria es la de vivir más plenamente, buscar cómo desarrollar mis capacidades, cómo disfrutar más de todo aquello que me hace crecer, que me hace ser más yo.

En este proceso, todo me influye: en los aspectos de más intimidad está mi vida familiar y de pareja, desde el punto de vista más público, está mi profesión, mi trabajo. Por otro lado, algo más “adentro” están mis aspectos de fe y el consiguiente compromiso pastoral y también, no quiero dejármelo aspectos de ocio… y otros que imagino podría enumerar…

Hay tanto por cubrir, que entiendo que se pueda pasar por momentos de infelicidad o agobio cuando en cualquiera de estos aspectos no llegamos a lo necesario, por ejemplo cuando la vida familiar y de pareja no cumple con las expectativas de intimidad, o lo que es más común, cuando nuestras necesidades de desarrollo y crecimiento profesional no se cumplen en nuestro trabajo. Y lo que me parece más grave si nuestras necesidades interiores de libertad y confianza no tienen un “cumplimiento” o se apoyan en nuestra vida espiritual, de fe, ¿hacia donde vamos?

Por el contrario, seguir un camino que nos procure felicidad sería tan sencillo como revisar aquello que nos afecta y necesitamos, y asegurarnos que seguimos creciendo por dentro de cada día en todos ellos.

He nombrado al principio la vida de ocio, la veo muy ligada a esa libertad interior, a la espiritualidad. No puede darse una espiritualidad sin una libertad interior y esa alegría proveniente del ocio.

Un final adecuado para unos días de vacaciones, en los que tampoco quiero olvidar la necesidad de seguir creciendo por dentro… porque llega una edad en la que no solo podemos seguir creciendo a lo ancho :-)

Mantener un ideal

Me ha llamado la atención encontrarme en un kiosko la posibilidad de comprar un librito con el texto del evangelio de cada día, me ha extrañado, porque creo que el texto del evangelio es el gran desconocido de los que nos llamamos cristianos y además es que nos despierta poco interés.

Si algo tengo claro sobre el significado de ser cristiano es que va más ligado al campo de la vida y la experiencia que al de la teoría. Lo pienso mucho cuando compruebo que a los cristianos nos sobran estudios teológicos y planes pastorales, y sin embargo nos seguimos sorprendiendo cuando encontramos personas ejemplares que nos transmiten evangelio con su proximidad y vida.

El evangelio es vida en abundancia, felicidad, experiencia. Vivir, no pasando por encima de los acontecimientos, sino interiorizándolos y consiguiendo que sumen sentido en nuestra vida. Para mi, esto significa disfrutar de la vida (o quiero que lo sea.)

Podremos ser unos verdaderos sabios cuando consigamos dar sentido a los acontecimientos de nuestra vida.

Lo difícil puede ser cómo conseguir ver los acontecimientos de la vida con sentido. Para mi, una de las claves está en mantener en la propia vida un alto ideal, una razón que impulse en todo momento.

Si hay algo que no me ha gustado es cuando los cristianos hemos devaluado el evangelio considerándolo una utopía más como inalcanzable, que cómo ideal, y hemos salido “de rebajas”.

El evangelio no será una utopía lejana y sí un ideal para nuestro vida si nos esforzamos en conocerlo e interiorizarlo. Así puede darnos ese ideal que nos permite mirar la realidad, sentirla, darle sentido y de esa forma permitirnos disfrutar a tope de la vida.

¿Cómo puede haber tantos cristianos que se resistan a leer el evangelio? Me cuesta creer cómo se puede mantener esta situación. ¿Puede que sea por la dificultad de acercarse al texto más allá de lo que se ofrece “masticado” en las “misas”? Entre mis proyectos para el próximo año está el intentar poner algo en internet a modo de curso para introducirse en su lectura tal y como yo conseguí introducirme.

Volviendo al tema, a pesar de escribir convencido todo esto, si me reviso, me doy más la impresión de ser un cristiano con más gusto por la teoría que por la práctica, me gusta profundizar en el evangelio, pero estoy muy lejos de transmitirlo.

¿Os gustan las serpientes?

Uno de los textos del evangelio que más preplejo me dejaba cuando lo leía era:
“A los que crean, los acompanarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en la mano y, si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y quedarán sanos.” Mc 16, 17-18

Siempre me quedaba como una lectura de difícil aplicación, o al menos para hacerlo de forma poco concreta y eso que me parecía importante, por describir lo que distinguiría a los cristianos en su afán de ir por el mundo llevando el evangelio.

Pero, mira por donde, preparando una reunión para el grupo donde reflexionamos y compartimos la palabra, al leerlo me sugirió una escena de mucho ánimo, de ímpetu y apasionamiento. ¡Qué mejor forma de llevar el evangelio, de trabajar por el Reino de Dios! Y me recordó cuando era más jóven y dedicaba mucho, mucho esfuerzo a la pastoral, qué fácil era entonces romper barreras de lenguajes, qué poco me paraban las dificultades, o el disponer de poco tiempo, ¡como se estiraban las fuerzas!, ¿había algo que pudiera detenerme y hacerme daño?, ¡qué fácil era ver el efecto curativo del evangelio en otros jóvenes!

¿Dónde ha quedado ese ímpetu? Yo me sigo sintiendo interpelado por Jesús a ir a todo el mundo, pero la comodidad me gana en demasiadas ocasiones, y si no es la comodidad, es el pesimismo, y si no es otra cosa… pero la cuestión es no moverse. Veo que es algo general que ha ocurrido a aquellos que tengo alrededor, y nos hemos acercado o pasado la barrera de los treinta años. Y por lo que hablamos, lo peor es que parece que además, ese bajón, que va unido a ganas de aislarse, de no saber que hacer… es algo aceptado… incluso ¡elegido!

Por mi parte ni hablar de eso, ahora mismo me pongo a repasar lenguas nuevas y a practicar el atrapamiento de serpientes.

Vivos o resucitados

“Esta es nuestra alternativa: vivos o resucitados”

Este el mensaje que me envió una amiga, joven promesa de la escritura y de muchas más cosas ;-) (a ver cuando empiezas ya con tu blog…)

Como cristianos es cierto que ahí está nuestra elección. ¿En qué consiste nuestra vida de cristianos? ¿En adquirir una tripleta de cotumbres, normas morales y soluciones “existenciales”? ¿O en llenarnos de una experiencia vital que de un sentido a todo lo que hacemos? El evangelio y el libro de los hechos ni siquiera nos lo presentan como alternativa: la experiencia fue la de la resurrección, conocer a Jesús resucitado, un paso adelante que dejaba atrás miedos y bloqueos ante las dificultades.

Puede verse que estos días de Pascua tras la semana santa he estado reflexionando sobre mi experiencia de resurrección, y así es como la veo: comprometernos a tope con la construcción del Reino, porque este es el plan de Dios, mirar hacia delante, sin atarnos a dificultades y temores, que siempre suponen quedarnos amarrados en el pasado.

Así son los relatos del encuentro con Jesús resucitado, salto de un triste presente (temerosos, escondidos, alejándose…) a la emoción del futuro (carreras, discursos, el corazón “ardiendo”). Otro aspecto para mi importante de estos encuentros, que siempre son a la comunidad de discípulos, ahí es donde está la presencia de Jesús resucitado… este punto sí me parece complicado de vivir, ahora estamos ya demasiado acostumbrados a la experiencia interior, a la reflexión personal y no nos atrevemos ya demasiado con las dificultades de la apertura a los otros, con la creación de comunidad.

Debo seguir poniendo ladrillos en esta costrucción de “comunidades” cristianas, donde la resurrección de Jesús sea una hecho, y no un tema de reflexión… me pondré las pilas “resucitadas” :-)

Intelectualizar la fe

Una de mis mayores preocupaciones como cristiano ha sido la de poder dar razón de aquello en lo que creo, es decir, ser capaz de dialogar, razonar, ponerme en el lugar de otros para explicar aquello en lo que creo.

Para dar razón, para razonar con otros es necesario dialogar. Ser creyente y dialogar con quien no cree puede verse como algo duro, bajar al terreno de las preguntas del que duda, peor aún… puede ser muy duro, o muy gratificante. Yo siempre lo he visto de esta segunda manera, como una oportunidad personal de plantearme, de interrogarme a partir de las ideas del otro. En mi Iglesia me he encontrado más a menudo con la segunda opción, ¡qué difícil es dialogar! y no me refiero ya al diálogo con quien no cree, sino a la simple exposición de ideas, de costumbres, de práctica cristiana… a veces podemos llegar a descubrir ¡que no tenemos razones! Trabajaré por conseguir una Iglesia que quiera dar razón de lo que cree, y por lo tanto tenga que dialogar.

Y es necesario “razonar”, pero puede ocurrir lo contrario, llegar a intelectualizar la fe. Quizá mi blog peque un poco en este aspecto. Estaba pensando hoy, que necesito profundizar un poco es esa parte de “vivencia”, ahora necesito enceder más luces, mirar la realidad transfigurada ¿raro eh? En resumen, centrarme un poco más en algo que por mucho intelectualizar, dejan atrás las religiones de hoy, la espiritualidad.